jueves, 31 de enero de 2008

La Deuda

Llegaron de repente y le dijeron a Gustavo que les debía un favor. Él, lo sabía. Pero se sintió entre apenado y espantado cuando supo qué iba a hacer.

Íntegro como era, Gustavo meditó mucho sobre infringir la ley; meditó también sobre lo que significa la amistad y la honradez. De cualquier manera, era la primera vez que debía un favor y no quería deberlos.

Cuando se lo propusieron no supo si decir sí o no. No era cuestión de huevos o de carácter, era algo moral. Claro que no le gustaba para nada la idea de ir a hacer el ridículo. Además de que nunca se pensó en esa situación.

Demasiado tarde.

Gustavo siempre estuvo marginado por cosas menores. Ahora, vestido con medias, ropa elástica de estrafalarios colores y a merced de tantos hombres, todo eso parecía cosa de niños.

Sin embargo, era notable el hecho de que se sentía ligeramente excitado. Era como si la ropa le transmitiera la necesidad de comportarse como supuestamente se comportan los que con ella van vestidos. Y esto lo excitaba aún más, pero de manera vergonzosa.

Pero pensó que al fin y al cabo no iba a ser un verdadero jugador de este juego aborrecible. Los que en verdad estarían trabajando serían los que ya conocían el negocio; él sólo sería uno más acompañándolos.

Estaba preparado desde hacía días, pero no se imaginaba a sí mismo en esa situación. Sabía que los demás le ayudarían en esta, su primera vez. En estos momentos recordaba lo que siempre decía su primo:

-Se necesita ser más hombre para venir aquí… mucho más de lo que todos los putos piensan.

Y era cierto. Gustavo ya había asumido que en la primera vez hay de todo: ¿golpes? nada nuevo, ¿algun loco agresivo? tampoco es impensable; de hecho en este juego la sangre ya no espanta a nadie.

De repente, Gus ve venir un hombre con paso altivo, vestido de negro. Él sabe que no forma parte de este juego. El hombre de negro lo ve. Por su actitud se da cuenta de ha notado que él no es lo que parece ser. Gustavo repara en que lo mira fijamente y manda su mirada a todas las demás personas que, curiosas o inquisitivas, lo miran.

Ahora está verdaderamente aterrorizado y comprende lo que hizo. Piensa en escapar pero sería imposible, además de que necesita pagar su deuda.

El miedo le comprime el estómago y las piernas le tiemblan. Poco a poco el mareo le pone en vértigo y la presión le nubla la vista.

Un golpe de adrenalina es la cama donde los gritos comunales despiertan cuando suena un ruido estrepitoso y chillón. El hombre de negro pita el inicio del primer tiempo.

Gus era cachirul.